Puntería de asesina

Si mi hermano Bernardo hubiera nacido en esta época, seguro lo habrían medicado por hiperactivo, pero para la época en la que nació era solo un niño más, lleno de energía. Los padres de ahora, para quitarse la responsabilidad de los hijos, pareciera que han hecho un trato con los psicólogos y se han puesto a inventar enfermedades infantiles como recetario de cocina.
Lo cierto es que mi hermano no podía quedarse quieto, comía dando pequeños brincos en la silla y sudaba todo el tiempo. Creo que esa vitalidad y vivir sudando lo salvó de que le dieran todas las enfermedades por las que pasa un niño de pequeño, o pasábamos, porque las vacunas han hecho bien su trabajo.
Imagínese a mi madre, con cuatro hijos y una casa sobre sus hombros. Para su beneficio las tres mayores fuimos mujeres, pero mi hermano a veces la enloquecía, era experto robándose los tomates e inventando cuanto aparato fuera posible. Luego les cuento más de él. Un día como tantos otros, mi hermano y sus brincos salían y entraban de casa, y cada entrada era un tomate menos. Al principio el asunto se tomó como jocoso: «al niño le gustan los tomates», «qué bueno», «está bien alimentado», se le escuchaba decir a mis padres, pero los tomates se fueron acabando y él no paraba de salir y entrar, por lo que el asunto empezaba a sazonarse un poco amargo.
Le llamaron la atención una vez, dos veces y hasta tres, pero las mejillas rojas y sudorosas de mi hermano seguían consiguiendo colarse entre las piernas de mis padres y sacar un nuevo tomate. Mi madre, en una reacción un poco exagerada ―así somos todos en mi familia, un poco dramáticos… o tal vez mucho―, se le ocurrió asustarlo, sin tener en cuenta que su puntería es más que perfecta. Mi hermano logró sacar el último tomate y estaba a punto de llevarlo a su boca, cuando desde el otro lado de la estancia la vimos tomar su zapato de tacón alto y lanzarlo hacia él. El tacón pegó justo en la sien derecha de mi hermano, tirándolo al piso y haciendo rodar el tomate fuera de su alcance. Mi madre pegó un grito de terror y de un par de saltos llegó al lado de Bernardo, que estaba medio desmayado. Mientras volvía en sí, mi madre además de llenarlo de besos, le devolvió el tomate.
Cada vez que recuerdo este momento, me muero de la risa, esa risa patética que le da a uno cuando un hermano es víctima de algún regaño… El muy bandido logró salirse con la suya.
Por Yeni Toro Go
Nota: Mi mamita maravillosa y su puntería de asesina consiguió varios trofeos y no me refiero a medallas de alguna competencia… Ustedes me entenderán o se imaginarán.

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Pamela Muñoz Diseñadora Gráfica
Lorena C. Brown Editora

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