Pequeños milagros de la vida: mis humildes cajitas de metal

Mi mamá guardaba nuestros lápices de colores en una cajita de metal. Era verde con tapa negra, decorada con coloridos volantines. Identificaba a una fábrica chilena de zapatos infantiles, hoy cerrada. En los años sesenta, todos los padres compraban allí el calzado de sus hijos. Nadie botaba las cajitas. Eran atractivas y servían para múltiples propósitos. Las mamás, tías y abuelitas, las adoraban.
Otras difundidas cajas de metal eran las de bombones y galletas. Para entonces, nuestra familia vivía en Lota, un pueblo minero del sur. Los inviernos eran largos y los paseos de verano solían terminar a las cinco de la tarde, cuando se levantaba el helado viento costero. Las invitaciones a los cumpleaños del barrio implicaban llevar un suéter en la mano y el paquete de regalo. Las opciones eran limitadas. Había que escoger entre los bombones o galletas en caja metálica, frascos de colonia inglesa, pañuelitos bordados a mano o algún rompecabezas de madera, encargado a los operarios de la Maestranza. Estos obsequios se repetían en todas las fiestas. Sin contar los suéteres olvidados, que las madres devolvían en las reuniones de apoderados o en otros eventos que alegraban la vida de aquel pueblo sin televisión.
El paso del tiempo
Después de varios cambios de casa, un primer matrimonio y ya fallecidos mis padres, todavía conservaba en mi departamento de Santiago dos cajitas de metal. La verde y negra de los lápices y otra de bombones. La primera había adquirido un último brío gracias a los nietos (mis sobrinos), a quienes mi mamá les enseñó a dibujar antes de caer enferma. La segunda todavía colectaba monedas, medallas, hebillas y botones raros en espera de un nuevo uso.
En el 2008, al mudarme a Chesterfield, Virginia, tuve que despejar la bodega. Mi amoblado, libros, cuadros y otros objetos serían transportados en barco hasta el puerto de Norfolk. En el apuro y el caos, la cajita de zapatos se fue directo a la basura. ¡Me dolía recordar esa pérdida! Fue entonces cuando el milagro ocurrió.
En un viaje a Chile que hicimos junto a mi esposo gringo, conocimos por casualidad a una pareja. Estaban mirando la construcción del alcantarillado en el pueblo costero al que habíamos llegado. Deambulaban entre las «trincheras» y los ruidosos taladros. Los invitamos a tomar un café. Surgió el tema de la cajita y el joven recordó que su abuelita conservaba una similar. Como pensaba ir a visitarla a Santiago, me la traería de regalo. En mi país, nadie espera que las promesas se cumplan, por eso me asombró cuando él golpeó nuestra puerta y me mostró la añorada caja negra y verde, decorada con volantines.
Todo sucede por algo. Poco después, esa pareja terminó su relación y ya no los vimos más. Ahora, tengo en Virginia estos dos humildes tesoros cotidianos que formaron parte de mi infancia.
Por María del Pilar Clemente
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Pamela Muñoz Diseñadora Gráfica
Lorena C. Brown Editora
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4 Comments
  • Yeni Toro go

    junio 20, 2019at6:28 am Responder

    Me encantó esta historia, precisamente porque me lleva a muchos recuerdos, uno de ellos, tiene que ver con las bolsas especiales o “costales” llamados en Colombia que utilizábamos para ir hacer el mercado, o la compra (como le dicen en México) todo se acomodaba y se llevaba a casa, sin necesidad de bolsas de plástico.
    Es hora de que hagamos una gran evaluación sobre que debemos dejar de utilizar, que debemos empezar a usar nuevamente y que debemos mejorar.

    Gracias María del Pilar, por compartir con nosotros tus anécdotas.

    Yeni Toro Go

  • Evangelina Sanchíz

    junio 20, 2019at1:46 pm Responder

    Bella historia. Todos tenemos algún recuerdo relacionado con cajas de metal. Mi madre las usaba como costurero y yo tengo mi adorada caja de metal, que alguna vez contuvo galletitas, como tesorera de los ahorros de mi hija. Son muy útiles.
    Gracias por transportarnos un poco al pasado 🙂

    Evangelina

  • Andrés Rojo

    junio 25, 2019at8:16 pm Responder

    Bonita historia. No sé si ocurrirá en otras partes pero las cajitas de metal son infaltables. Yo tengo una de galletas con los papeles médicos y otra más chica con los elementos de la costura.

    Gracias Pilar por los recuerdos.

  • María del Pilar Clemente

    julio 2, 2019at9:23 am Responder

    Gracias a todos por sus amables comentarios.

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