Legado de brujas (Tercera parte) Una lucha generacional por recuperar lo que nos pertenece

A medida que iban pasando las semanas, se organizaba de nuevo la dinámica del hogar. El perro de la familia, que antes era fiel guardián de la abuela, se había entregado a los mimos de Daisy, y Rose empezó a sentirse cómoda con el manuscrito de la abuela, pero en vez de llevarlo debajo del sobaco, lo cargaba protegido en su bolso rosado. Aún no le daba la primera lectura, cada vez que lo intentaba, aparecía Morfeo, la abrazaba y ella viajaba a mundos distantes en sus sueños.
A pesar de que solo la abuela era quien disfrutaba de beber café, desde que Rose tenía el manuscrito consigo, el aroma de las mañanas se seguía alimentando por la misma calidez. Los padres estaban más tranquilos y Daisy, por sugerencia de la doctora de la familia, quien tuvo que escuchar su historia de los gemidos, comenzó a asistir una vez por quincena a consulta psicológica, y hace un par de noches pudo abrazar a su mamá. La psicóloga le explicó que lo que escuchó no tiene nada que ver con algún tipo de maltrato, sino que son los sonidos que produce el amor entre los adultos. Para Daisy y su implacable memoria auditiva es imposible borrarlo, pero ahora no lo ve con dolor, está aprendiendo a recordarlo con amor. Y Diana está feliz, y si Diana está feliz, David también lo está. Tan simple como eso.
Es domingo, la familia ha ido de paseo a la casa de verano, las olas del mar ahora los arrullan. Rose, un poco inquieta con tantos sueños extraños, decide limpiar el que solía ser el cuarto de la abuela. Mientras lo hace, inicia un monólogo, intentando buscar respuestas en un alma que ya no comparte este plano astral.
—Hola abuela, te extraño, siento tu aliento cada vez que toco tu manuscrito. He intentado leerlo, pero me produce sueño, me imagino que tiene algún encantamiento… —y el monólogo continúa mientras guarda en cajas lo que se queda y lo que se obsequia. Al cabo de un rato, siente que su abuela le está hablando, pero no escucha su voz, las respuestas salen de su propia boca, y ella solo es un medio para pronunciarlas.
—El manuscrito se deja leer si antes se invoca, y se hace con una oración:
Hijas de la nada y del todo,
hijas del viento y la quietud,
hijas del vientre y la sabiduría,
bienvenidas sean todas a la verdad
protegida entre estas letras.
Al terminar de pronunciar el verso, Rose se da cuenta que tiene el manuscrito entre sus manos, que lleva tiempo sentada en el secreter de su abuela y que la primera página se ha girado.
Continuará…
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Pamela Muñoz Diseñadora Gráfica
Lorena C. Brown Editora
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