Legado de brujas (Segunda parte) La pérdida del conocimiento

Al funeral parecían haber asistido veinte pueblos juntos. La casa, a pesar de ser grande y con amplios jardines, no bastó y en las afueras tuvieron que mandar a instalar carpas para darle sombra a la muchedumbre que crecía como maleza.
La abuela se había ido, ahora todo estaba turbio, nadie encontraba nada, ni las empleadas que lo sabían todo y más. Los padres de Rose caminaban por inercia, sin sentido, y la asistente de ambos creó una nueva rutina, llamar cada 30 minutos a un celular, que nadie respondía.
Durante las siguientes semanas la vida fue una pista de patinaje, llena de patines pero sin patinadores; todo rodaba por todos lados sin un orden. Daisy, una de esas mañanas, en vez de cepillar su pelo, cepilló sus dientes; tres días estuvo hospitalizada luego de una infección estomacal.
El mundo se caía a pedazos y nadie en la casa comprendía el por qué, ni cómo remediarlo.
Rose, acostada sobre su cama, dejaba que su mirada —hinchada y roja de tanto sollozo— se perdiera entre el movimiento de las ramas afuera de su ventana. Era la hora en la que los rayos del sol empezaban a colarse en el cuarto y, gracias a la danza de las ramas, alguien desde el cielo disparaba chorros de sol. Estaba Rose en esas cuando uno de esos rayos, al entrar y sin lógica alguna, cambió su trayectoria, girando a la mitad del camino para clavarse encima de la mesa de noche.
Ahí estaba ¿ahora? o ¿desde hace semanas? Y el dolor debajo de la axila se sintió como una punzada. ¡El manuscrito de la abuela! Desde su fallecimiento nadie se había preguntado por este, ni siquiera se le extrañaba.
La embargó una felicidad única, recibió una inyección de adrenalina, y se lanzó hacia el manuscrito, con la intención de correr por los pasillos de la casa y gritar a viva voz que tenía a su abuela, que no se había ido del todo, que seguía con ellos, pero apenas lo tocó, ese primer deseo se desvaneció de inmediato y la sobrecogió la calma y la cordura. A pesar de que no se veía muy gordo, al levantarlo se percató de que tenía un extraño peso, no era un asunto físico, más bien una carga emocional. Lo llevó a la cama y se acostó a su lado, abrazándolo como si fuera su abuela y en unos segundos sus ojos se cerraron, llevándola a un sueño profundo. Una mano tomó las suyas y se dejó sumergir.
Al otro día, a pesar de que los sonidos producidos por los sorbos largos de la abuela al tomar su café matutino siguieron sin escucharse, la casa comenzó a gozar nuevamente de la armonía usual. Las empleadas empezaron a encontrarlo todo, Daisy pudo cepillar su cabello y dejar la pastosidad de su boca en espera de la rebanada de pan, sus padres llegaron a tiempo al trabajo y ya no se escuchó más a la asistente desesperada.
Continuará…
Por Yeni Toro Go
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Pamela Muños Diseñadora Gráfica
Lorena C. Brow Editora
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