Legado de brujas (Primera parte)

«Las cigarras reconocen a su musa, a la que posee el tímpano indicado. Silencio, silencio al ver la piel del proxeneta,
los sonidos se esconderán para aquel que vende el saber», se leía en la introducción de la obra. La abuela cargaba el manuscrito siempre debajo del sobaco, y parecía que los pelos de la axila se hubieran fundido con las viejas hojas y solo se separaban si ella lo permitía. Rose, la nieta, solía preguntarse a qué podrían oler esas amarillas páginas, algo que sin querer muy pronto descubriría.
El rocío de la mañana olía a tragos de café, unos sorbos largos y calientes que la abuela usualmente le daba a su taza, pero ese día el eco de los sorbos, encargado de romper el sueño matutino, no se escurrió entre los largos corredores de la casa. Todos, hasta el perro, se vieron envueltos en un sueño que les permitió despertar tres horas más tarde de lo habitual. Solo Rose percibió algo inusual entre lo usual, como si las cosas se hubieran movido de lugar o cambiado de dueño. Sintió la axila derecha pesada, y se imaginó que algún ganglio se había inflamado seguramente por la víspera de su menstruación.
Los miembros de la familia, encerrados en cada una de sus estancias, salían de estas hasta encontrarse o sentirse pulcros, definición que cambiaba según el comensal. Para los padres de Rose, significaba estar listos para salir al trabajo; para la hermana menor, era más que suficiente un cambio de calzones, una exhaustiva limpieza de lagañas y el pelo bien cepillado, a diferencia de los dientes. Disfrutaba morder la tostada con la boca pastosa, producto del descanso nocturno, y se imaginaba los trozos de pan barriendo la saliva matutina, y llevándola a las profundidades de su estómago, para dejarla libre entre los jugos gástricos que celebraran la llegada de las nuevas bacterias.
La hermana menor de Rose tenía por nombre Daisy —su madre tenía cierta fascinación por las flores, que no dudo en aprovechar para nombrar a sus hijas—. Daysi tenía el don de la escucha. Todo sonido, rumor o susurro que se colara por sus cavidades auditivas, quedaba impreso en su cerebro, y con escasos ocho años, ya había aprendido que no todo estaba hecho para ser escuchado. Una de tantas noches, pensaba colarse entre las sábanas de sus padres para disfrutar del calor paternal, pero antes de abrir la puerta escuchó gemidos. Decidida a descubrir de dónde provenían o qué pretendían esos susurros, los siguió hasta la recámara de sus padres. Solo bastó con abrir un poco la puerta y los gemidos de ambos se colaron a empujones entre sus tímpanos.
Ahora cada vez que los ve, los escucha; un martirio que busca a toda costa acabar. Su madre, Diana, está preocupada pues su pequeña flor no la abraza ya, y no sabe por qué. Han decidido llevarla al médico, «pueden ser parásitos», ha dicho una de las criadas.
Llegaron al salón de la cocina listos para recibir su primera comida. La abuela los recibía con besos y palmadas, alguna llamada de atención y una que otra queja o dolencia. Pero hoy no está, y el celular de David ha timbrado, cosa que nunca ocurre a esa hora de la mañana. Al otro lado se escucha una voz, la cara de David palidece y deja caer el celular al piso. Él y Diana, que ha alcanzado a escuchar al interlocutor, apenas se cruzan la mirada y salen al mismo tiempo camino al cuarto de la abuela.
Rose recoge el celular y la asistente de sus padres dice: «Hola», después de que Rose pregunta: «Hola, ¿hay alguien ahí?». La mujer le explica a Rose que tienen tres horas de retraso y Rose deja otra vez caer el celular al piso, toma a Daisy de la mano y salen detrás de sus padres.
Continuará…
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Pamela Muñoz Diseñadora Gráfica
Lorena C. Brown Editora
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