La señora perfecta

Me gustaba llevar la ventana abierta, el viento y la vista eran un deleite. Iba de regreso a casa en lo que se conoce en mi país como la buseta. Para esa época usábamos en la jerga del colectivo tres definiciones: la ganga, que hacía referencia al bus más viejo y por ende más económico; el bus, que era el intermedio, y la buseta, que era como montarse en el Ford de los carros. Y aclaro que en Colombia no es que se vieran grandes marcas de vehículos; un Ford era mucho, muchísimo diría yo, y más en aquellos años. Yo tendría unos 14 abriles ―recuerden que tengo 42―, y me fascinaba observar mi entorno. Esa semana le había ido bien a mi padre en su empresa, y esto me permitía disfrutar con cierta tranquilidad del paisaje; no tantos se daban el lujo de pagar unos pocos pesos de más para estar más cómodos, o, no siempre se podía.
El sol le pegaba a la ciudad, permitiéndole cierto brillo y la brisa dejaba que se pudiera disfrutar de éste. A la distancia veo caminado con el mismo rumbo de la buseta a una mujer que, creí, oscilaba en sus 40 años, las caderas llevaban cierto contoneo que la elevaba a un glamour especial, su vestido era de un rojo carmesí, largo hasta la parte baja de su rodilla, y era dueña de una cintura definida, se notaba que había parido. Pensé: «qué agradecidos fueron esos hijos con el cuerpo de esa señora», le regalaron unas caderas de ensueño. Tenía el pelo corto muy brillante ―seguro había pasado por la peluquería ese día―; un bolso que colgaba en su hombro derecho le daba cierto toque picaresco al unirse con el contoneo de su caminar; sus hombros firmes, llevados hacia atrás, la estilizaban. No era muy alta, tampoco baja de estatura, pero sabía sacarle provecho a sus centímetros. Unos codos perfectos me hablaban de su tez blanca y sin mancha alguna.
Me imaginé un mundo de glamour a su alrededor, sirvientes, una casa de tres plantas con muchas estancias, tal vez dos carros decorando la entrada, y un jardín lleno de flores de colores, jugo naranja como primer trago al despertar llevado a la cama en una bandeja de plata… Estaba yo en esas con mi cabeza, cuando la buseta adelantó a esa mujer y pude ver su rostro… ¡Era mi mamá! Por un par de segundos quedé en shock. La buseta siguió su camino y giró a la izquierda atravesando una gran avenida, yo no podía entrar en razón. Lo primero que salió de mi boca fue un grito que asustó a todos en el interior: «¡Pare! Necesito bajarme». El conductor, aturdido, hundió el freno y yo me di en la frente con la silla de adelante. Apenas pude incorporarme, me bajé de un brinco, no quería perderla de vista, lograr llegar a ella se sintió como si pasara una eternidad entre las dos.
Luego, por algunas cuadras, caminamos juntas, yo me sentía transportada al lado de la mujer más bella del mundo, tomando su codo, sintiendo la suavidad de esa perfecta piel blanca.
Por Yeni Toro Go
Nota: Madre mía, desde la distancia te escribo, reviviendo cada recuerdo en mi mente, cada hilo que me conecte contigo. Tres años sin verte es vivir en la eternidad que sentí mientras me bajaba de esa buseta y llegaba a ti. Te amo.
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Pamela Muñoz Diseñadora Gráfica
Lorena C. Brown Editora

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