La paternidad más allá de los genes

Bienvenido Mes del Padre.

Me temblaban las viseras. El día era perfecto, soleado, ligero con la brisa que ondeaba de maravilla mi falda. Jorge apareció tras la puerta con una palidez poco habitual, un par de miradas entre los dos y los crespos de mi hija mayor, que para ese entonces tenía cuatro años, nos enlutaron de inmediato. Miraba sus ojitos picarones por el espejo retrovisor del carro, sabía que estaba maquinando sus asuntos en ese silencio petrificante de la mente infantil. Y así fue. Al bajarnos del carro, y por las siguientes tres horas, que se sintieron como la eternidad, se dedicó a hacer todo lo que pudo de su parte para ahuyentarlo. Lo pisó, lo mordió, le echó la comida encima… Después de dos horas en las que me sentí la peor madre del mundo por exponer a mi chiquita a una situación innecesaria, decidí decirle a mi esposo que era tiempo de regresarnos a casa.

Jorge parqueó, un carro de tres puertas que conducía para ese entonces. Sophia, muy astuta, decidió bajarse por su lado, y para dejarle en claro que estaba en tierras movedizas y que ella estaba dispuesta a enterrarlo de por vida en las mismas, le lanzó la puerta en las narices, con tanta fuerza, que por unos instantes pensé que la había dejado giratoria.

Dando grandes pasos llegó a la entrada principal de mi casa materna, solo golpeó un par de veces, pero lo hizo tan duro que mi madre no se demoró en abrir. A mí se me estaba partiendo el alma, pues Jorge me gustaba y mucho, pero Sophia y yo éramos una sola, y ella estaba por encima de todo y de todos. A él se le sentía la frustración y la incomodidad hasta en el olor del sudor. Me giré para verlo y le dije: «No hay ninguna necesidad de que vivas esto, eres soltero, libre, sin responsabilidades. Yo, por el contrario, tengo mi vida ya trazada, ella solo busca defender lo único que tiene seguro, solo me queda entrar y abrazarla, hacerle saber que no la abandonaré, que soy de ella, como ella mía». Me bajé del auto y lo dejé libre.

La mañana siguiente empezó como todos los lunes. Me encantaba llevar a Sophia al colegio antes de tomar rumbo al trabajo, nos íbamos caminando y mi niña cantaba mil canciones; esos recuerdos son épicos. Pero la tarde no terminó igual. A las 6:30 pm tocaron a la puerta. Allí estaba Jorge con un cuaderno para pintar y una caja de crayones recién comprados en un semáforo. Entró y se sentó al lado de Sophia a colorear con ella para siempre…

Han pasado 14 años y Sophia duerme como él, piensa como él, le cuenta todo primero a él, ronca como él, se pone los abrigos de él.

Gracias esposo maravilloso, por ser el mejor padre del mundo. Te amamos.
Por Yeni Toro Go
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Pamela Muñoz Diseñadora Gráfica
Lorena C. Brown Editora

2 Comments
  • anaroque065

    junio 7, 2019at4:39 pm Responder

    EL LEER ESTE RELATO PUEDO CREER Q EL AMOR EXISTE Y SOLO TENEMOS Q CULTIVARLO

  • Susel Miele

    junio 7, 2019at9:50 pm Responder

    Muy linda memoria!

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