La otra en el espejo

Acabo de cumplir 42 años, y estoy recordando un episodio de una de mis múltiples vidas: yo enfrente del espejo de un tocador y con mi mano izquierda trato de empujar mi propio reflejo. No piensen que estaba drogada, pero sí perdida. Me di cuenta luego de dos intentos tratando de retirar a esa extraña, que era yo. Para ese entonces estaría por mis 24 años, vivía en el techo de una casa en los barrios difíciles de Medellín, Colombia, al lado de mi pequeña Sophia y la sombra de un hombre que iba y venía, una sombra que me persiguió por un par de años más.

Estaba viviendo una de mis más grandes batallas, intentaba mostrarle a alguien que no existía realmente para nosotras, que valía la pena ser padre, mientras luchaba con todas las fuerzas de mi alma por mantenerme en pie. Esa vida me cobró una inmensa factura, a punto de no ser capaz de reconocer mi propio rostro. Pensaba irónicamente que me veía como una mujer de 40 años. Ahora que he superado esa edad, me doy cuenta que ni siquiera me veía como una persona, era un algo que aún no concibo como entendible.

Necesitaba pelear una batalla, lo intenté con todas las fuerzas que tuve en ese momento, y al final perdí. Recuerdo mi regreso a la casa de mi madre, que para ese entonces no quería recibirme; ahora la comprendo, yo debía dar mi guerra, una donde mi contenedor era yo misma, una mujer testaruda, soberbia, sin experiencia en nada, con un mar de conocimientos que solo tenía cinco centímetros de profundidad, o sea, sabía de todo y al mismo tiempo no sabía nada. Regresé con el rabo entre las patas, como dice el Chavo del 8.

Mi historia de hoy ―en la que no quiero escribir un final feliz― va dedicada a todas las mujeres que se han equivocado en su vida sentimental, atrayendo a sombras, fantasmas, hombres que no quieren estar a su lado, que no son nada ni ninguno. La lucha no es en contra de ellos, la lucha es contra ustedes mismas, solo ustedes pueden separarse de esa oscuridad, de esas personas, está en sus manos hacerse una nueva vida.

Hoy me miro en el espejo y me veo, veo a Yeni y sus luchas, sus fracasos y sus conquistas, sus defectos y virtudes, pero sobre todo me veo a mí, algo que no pasaba en el recuerdo de este relato.

Termino hoy con una pregunta: cuando te miras al espejo, ¿te ves?

Por Yeni Toro Go
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Pamela Muñoz Diseñadora Gráfica
Lorena C. Brown Editora

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