El nacimiento Bienvenido Mes del Padre.

El alta voz de la clínica retumbó con un zumbido molesto, y luego lo que parecía ser la voz de una mujer se escuchó decir: «Pariente de la señora Yeni Toro, acercarse de urgencia a sala de partos». Según cuentan, mi esposo prestó atención al anuncio hasta la tercera o cuarta vez, estaba lleno de emociones, cosa difícil que ocurra en un hombre… Bueno, digamos que tenía un par de emociones cruzadas, suficiente para tenerlo abstraído de la realidad. Mi suegra se lo había llevado a la cafetería de la clínica con el argumento que dio una enfermera: «Seguro que después de la inyección, el parto sucederá hasta mañana» y alargó aún más los nervios de mi esposo cerrando el monólogo al decir: «A algunas parturientas les tomaba hasta tres días».
Lo cierto es que la demora del parto fue en parte responsabilidad mía, pues me pasé siete meses del embarazo haciendo Pilates en el gimnasio y fortalecí demasiado los músculos de mi entrepierna, que en ese momento se negaban a permitir la dilatación de manera natural. Llevaba 15 días con un centímetro, así que solicité la ayuda de la mágica inyección. Antes de separarme de Jorge le advertí: «Después de esto soy rápida, no me quedaré sentada, estoy lista para caminar y pujar». Solo fueron necesarias cuatro horas y Victoria se asomó, cinco pujones y ya estaba en mis brazos, blanca, de mechones rojizos y con unos ojos azules que hicieron que las enfermeras que asistieron el parto dudaran de la paternidad de mi esposo. En mi defensa debo decir que compartimos abuelos de ojos azules.
Jorge llegó sudando a la sala de partos y pretendió entregar dos pañaleras, en una habíamos empacado todo lo de Victoria y en la otra mis pertenencias. La enfermera, con cara de puño, le dijo: «Solo una maleta». Él, bien primario, tiró las dos maletas al piso y de una sacó lo que su puño consiguió, metiéndola en la otra. Por suerte para Victoria, escogió como pañalera principal la de ella, yo les puedo decir que tuve ropa interior hasta el otro día, jajaja.
Victoria tendría media hora de nacida, y pegada a mi pecho, me mostraba que no íbamos a tener problemas con la alimentación, perfecta conexión con el pezón, la succión fuerte lograba llenarle por completo la boca de leche. Estaba feliz y el calor de mi cuerpo la hacía sentirse en el paraíso. Entonces apareció una de las enfermeras que me ayudó en el parto y dijo: «Tenemos una oportunidad de llevarle la niña a su esposo por unos minutos, luego pasarán a su propio cuarto y él no podrá verlas hasta mañana». Nos tocó entre las dos desprender a Victoria del pezón, y cuando lo logramos, escuchamos un grito de angustia increíble para un recién nacido. La enfermera sonrió. Sí, Victoria es la reina del drama.
La escuché llorar todo el trayecto, era como si pudiese ver los corredores por los que iba, y al fondo oí la voz de mi esposo, quien la tomó entre sus brazos. Ella lloraba desconsolada, él solo tuvo que decirle: «Amor, soy yo, papá, aquí estoy para ti» y Victoria abrió sus ojos azules y guardó silencio, refugiándose ahora en sus brazos. Lo puedo contar porque hay un video que lo confirma.
Por Yeni Toro Go

Nota: Nuestras hijas se sienten seguras, amadas, protegidas por ti, por esa maravillosa aura que tienes de padre. Te amamos, gracias por ser un padre maravilloso.

Pamela Muñoz Diseñadora Gráfica
Lorena C. Brow. Editora
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