El inventor

Bienvenido Mes del Padre

«Media hoja de papel cuadriculado y un compas, por favor», le escuchaba decir a mi papito, y yo corría a entregarlos lo más rápido que me fuera posible. Una de tantas veces estaba yo sentada en el comedor de la casa, haciendo tareas, escribiendo apuntes de Biología y pintando seguramente las partes del cerebro, una fascinación que tenía por ese entonces —pensándolo un poco, aún me fascina—. Mi padre, sentado en la cabecera del comedor rectangular de la casa, tomaba la media hoja, el compás y empezaba a crear las más bellas piezas de arte. ¡Cómo me arrepiento de no haber guardado esos minúsculos cuadros! Al cabo de unos 15 minutos, tal vez menos, el trozo de papel ahora era poseedor de todo el engranaje de la nueva máquina que mi padre construiría. Yo miraba de reojo, emocionada; veía los pistones, las poleas, los engranes, las bases… Era increíble —aún sigue siéndolo— como podía, sin necesidad de grandes cálculos matemáticos, llevar la asimetría del tamaño de cada pieza, con el tamaño de la cuadrícula; para mí, solo hay una explicación: magia, la magia escondida en esas conexiones cerebrales.
Me imaginaba su cerebro como una de esas máquinas, las poleas moviéndose, y entre las balineras, ver cómo crecía una nueva idea, hasta madurar y llegar a un nuevo lugar entre su hipotálamo y su tálamo. Me imaginaba una intrincada conexión entre el hemisferio derecho con el izquierdo, nano piezas trabajando, haciendo cálculos a la velocidad de la luz, mientras sus manos desenredaban toda esa información, y hacían que los dedos convirtieran los códigos en maravillosas imágenes. Yo no había terminando de sacar las conclusiones de mi tarea, cuando él ya había acabado de diseñar toda una máquina.
Por Yeni Toro Go

Nota: Para mi #heroe. Te amo papá, gracias por tan bellos recuerdos.

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